Despertador eyaculado: Un relato de Gustavo Grazioli



No se puede postular nada como un acto duradero. Tengo conocimientos muy limitados del tema, pero lo poco que conocí sobre el asunto no funcionó. Me acuerdo aquella vez que tuve la oportunidad de presenciar un hecho de estas características, fue algo sorprendente para lo que me esperaba de una dama. Incluso ciertos recuerdos, ahora que me pongo a pensar, me lastiman un poco. Igual voy a tratar de ser lo más fiel al contarlo.

Ella, de corta edad para lo que conocemos como los trámites o injerto, en una situación poco usual (es decir viajábamos en un avión); levantó la vista del piso y al focalizar mis ojos despertó un desatado correteo de las hormonas, digno de ser contado. Por cierto ¡hacía rato que no vivía algo así! Los pasajeros del transporte aéreo que nos acogía, ni siquiera daban señales de ser espectadores de lo que había pasado entre ella y yo.

No quiero ser obsesivo, pero las miradas no fueron fugaces, sino más bien puedo decir que los minutos se llenaron de eternidad. En el avión nos separaba una distancia considerable, casi que estábamos distanciados por dos asientos, pero esto no fue un impedimento para que pidiera cambiar el asiento con un pasajero que estaba a mi lado y disfrutaba los viajes sentado del lado de la ventana. De verdad esto fue un gesto atípico, ninguna mujer había dado tal salto después de una mirada que le pudiera haber echado en cinco minutos.

Sentados ambos con pasillo de por medio, agarró mi brazo y dándome un sacudon me saco del asiento. Nervioso por la situación le consulte qué era lo que hacía, no es muy pertinente que en estos transportes la gente ande a los saltos por los pasillos. Sonriendo me miró y jugando con mi temor a las aventuras, fuimos hacia el baño.

- ¿A dónde estamos yendo? - pregunté con voz temblorosa.
- ¡Uh, cuantas preguntas! ¿Para qué queres saber? - Dijo casi burlándose.
- Y bueno, ya te dije que todo esto es un poco raro.
- A vos te está matando el pudor... ¿Vas a besarme? - preguntó como apurada.

Con mi pelo enmarañado que se representaba en un espejo dos por dos, me dispuse a besarla fervientemente. Acercándonos plano a plano, tal cual película rosa, mis manos fueron buscando un apoyo en sobre salientes lugares. Nuestros alientos ya se homologaban por una misma pasta de dientes y un sonoro despertador hizo su trabajo, para darle paso a una fuga de sol por la hendija de la persiana que me encontró mojado.


Visitá mi blog: www.pichasuelta.blogspot.com

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Escrito por Gustavo Grazioli

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